Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi

Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi
Tango, Radio y más Historias, blog distinguido por su aporte a la difusión del Tango, sus autores e intérpretes.

domingo, 20 de mayo de 2012

Biografías - Alberto Vacarezza 20 de mayo de 2012

Alberto Vacarezza
Bartolomé Ángel Venancio Alberto Vacarezza nació en Buenos Aires (Almagro) el 1° de abril de 1886 y murió en la misma ciudad el 6 de agosto de 1959.
Contaba Enrique Delfino que, cuando llegó a España, en 1924, no lo conocían allí como parodista y excéntrico, ni como autor de Milonguita. Para los españoles era el autor de La copa del olvido. Vicente Climent, actor de la compañía Muiño-Alippi que poco antes había llevado el teatro argentino a la capital española, difundió ese tango. En el repertorio de la compañía figuraba “Cuando un pobre se divierte, saínete de Alberto Vacarezza”, que lo incluía. En el estreno porteño lo había cantado José Ciccarelli, quien, al comenzar el canto, daba un puñetazo sobre la mesa del bar y profería: «Mozo, traiga otra copa». Ciccarelli no viajó a España y lo reemplazó Climent, logrando un éxito sin precedentes. D' Angelo, uno de los cantores de la troupe "Los de la Raza", dirigida por los Navarrine, lo paseó por toda España. En el teatro "Maravillas" de Madrid lo cantaba, entre aplausos, la cupletista mejicana Pilar Arcos y Conchita Piquer, en las primicias de su extensa y fulgurante performance de tonadillera, lo incluía en su repertorio.
Vacarezza, el autor de la letra, era ya, con Carlos Mauricio Pacheco, uno de los autores más representativos del sainete porteño. Se había iniciado en 1903, con El juzgado, y en 1911 contabilizaba el formidable éxito de Los escrushantes, un clásico del género y también de la literatura lunfardesca. En 1921, la noche del puñetazo de Ciccarelli en el teatro "Nacional", ya había estrenado “Tu cuna fue un conventillo”, en una de cuyas escenas José Franco, en el papel de Rancagua, recitaba un elogio al tango:
«Es el reír de las pibas y el estrilar de las viejas... Los chivatazos del reo que jura venganza eterna cuando la piba topián...»
No se cantaba, sin embargo. ningún tango, aunque para la fecha del estreno (21 de mayo de 1920) el tango-canción ya había llegado a las representaciones saineteras (Milonguita se escuchó el 12 de mayo de aquel año). La copa del olvido fue seguramente el primer tango de Vacarezza. Gardel lo grabó el año siguiente. Luego grabaría otros doce, que se nombran a continuación para que nadie dude que don Alberto tiene buen derecho a figurar en estas páginas: “Adiós para siempre”, “Adiós, que te vaya bien”, “Araca corazón”,”Eche otra caña pulpero” (éste es un estilo), “El carrerito”,” El poncho del amor”,” Francesita”, “No le digas que la quiero”, “No me tires con la tapa de la olla”, “Otario que andas penando”, “Padre nuestro”, “Talán... talán”. En cuanto a Padre nuestro, lanzó a la fama a Azucena Maizani cuando lo cantó en el saínete “A mí no me hablen de penas (27 de julio de 1923)”.
La letrística vacarezziana no se agota en esos títulos. Otros pueden ser Viva la patria, Atorrante, Pobre gringo, Virgencita del talar, Julián Navarro, Botines viejos (gran creación de Azucena Maizani), Calle Corrientes, Maldonado y aínda mais.

Alberto Vacarezza que estrenó, entre 1903 y 1947, más de ciento diez piezas escénicas, no mezquinó, a su hora, las actitudes políticas que su conciencia y sus convicciones le sugerían. Por eso sufrió discriminación después del año 1955. "Fue víctima de acusaciones torpes y censuras ridiculas -testimonió Juan Osear Ponferrada-. Secuela de esos juicios erróneos o malévolos fue la determinación de la entidad de actores en el sentido de abstenerse de todo homenaje al autor que acababa de morir». El diario La Nación, con ejemplar objetividad, le dedicó, en cambio, una extensa nota necrológica, lúcida y justiciera. La fama arrolladura del sainetero, autor de El conventillo de La Paloma, ha desplazado a la que Vacarezza merece disfrutar también como letrista de tango. Este recuerdo trata de reparar una partecita, al menos, de la gran parte de justicia que la rutina del juicio y del elogio le ha negado.