Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi

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Tango, Radio y más Historias, blog distinguido por su aporte a la difusión del Tango, sus autores e intérpretes.

lunes, 20 de enero de 2014

Biografías: Eduardo Arolas 20 de enero de 2014

 
                                                   Eduardo Arólas

Lorenzo Aróla -que se autobautizó Eduardo Arólas- nació en Buenos Aires (Barracas al Norte) el 24 de febrero de 1892 y murió en París el 29 de setiembre de 1929. Era hijo de un inmigrante que firmaba con una cruz. Lorenzo tuvo en Buenos Aires la escuela que quizá no hubiera tenido en Francia, estudió dibujo, se enamoró del bandoneón y aprendió rudimentos musicales que de ningún modo necesitaba para apuntalar su genialidad. Rosita Quiroga, ya anciana, recordaba su tez aceitunada, sus ojos verdes (que Canaro veía negros), su aire gitano. Tanta belleza no hizo felices sus amores.
Catorce años sumaban entonces la edad necesaria para que Flor de fango se entregara a las farras y los músicos populares, a las delicias del gotán. No tenía muchos más Eduardo Arólas cuando andaba tocando por los boliches de La Boca y de Barracas, ya compuesta su ópera prima, Una noche de garufa, bellísimo tango, aunque opacado por El Mame y La Cachila. Francisco Canaro, que ya se había fogueado en los lenocinios bonaerenses y en las grandes orquestas codirigidas con Firpo, le dio una mano. Y Arólas anduvo con su fueye de café en café, abriéndolo y cerrándolo con brío, casi con desesperación, porque no alcanzaba a expresar todo lo que tenía adentro, y lo rompía entonces impiadosamente, de modo que el instrumento quedaba como un paraguas vuelto al revés, según memoraba Enrique Delfino. Y así continuó tocando, con Firpo primero, -época inaugural, cuando compusieron en yunta Fuegos artificiales- y luego al frente de sus propias orquestas, y creando afiebradamente, como si supiera que su tiempo sería mucho más breve que el concedido a otros para conquistar posteridad. La nómina de sus piezas es extensa y con registrarla no se hace gran cosa. Mejor será, quiero suponer, sugerir que se preste atención a la versión de La Cachila que dejó el piano acariciado por Lucio Demare, o la de Suipacha, por Pugliese, o La trilla, por Francini-Pontier, o Catamarca, por D' Arienzo; o que se escuche la grabación del recital Arólas romántico, ofrecido por Oscar De Elía hace un par de años, y quedará entonces la sensación de haberse topado con un pequeño Mozart de arrabal.
La muerte prematura contribuyó a rodear a Arólas de cierta aura de leyenda, pero tampoco de eso necesitaba. Hombre de ambientes más turbios que cristalinos, es posible que haya seguido en el barrio conventillero pautas éticas que la sociedad sólo toleraba entre el raso y los caireles. De compadrito relajado se lo tildó porque gustaba colocarse algún anillo sobre los guantes. Y así fue tramándose la historia de su muerte violenta.
«En una cayeja, solo / y amasíjao por sorpresa, / fue que cayó Eduardo Arólas / por robarse una francesa»,
versificó Cadícamo. Los papeles dicen que murió de tuberculosis pulmonar en el hospital Bichat. Manuel Pizarro, que en 1924 ya era en Europa el rey del tango y se codeaba con la haute internacional, de recalada en El Garrón, lo asistió con genuina nobleza criolla. Sus restos fueron repatriados años más tarde por iniciativa de Cátulo Castillo.
Emelco le dedicó una película, Derecho viejo, del director Manuel Romero (1951), y Juan José Míguez asumió su estampa. En ella se cantaban, con música de Sebastián Piana, estos octosílabos de León Benaros:
«Por él lloramos a solas; pido atención, compañeros: ¡A sacarse los sombreros! ¡Estoy hablando de Arólas!"