Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi

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Tango, Radio y más Historias, blog distinguido por su aporte a la difusión del Tango, sus autores e intérpretes.

martes, 20 de agosto de 2013

Biografías Celedonio Esteban Flores 20 de agosto de 2013

                                          Celedonio Esteban Flores

El  Negro Cele nació  en Buenos Aires   (calle  Talcahuano   58)   y murió en la misma ciudad el 28 de julio de 1947 (Malabia 2154).
Un papel de carta que usaba el año de su muerte registra, en membrete, los títulos de cuarenta y ocho éxitos. Crítica afirmó en la nota fúnebre: «Murió rico, pero bohemio». Julián Centeya se desahogó «Buenos Aires pierde al último vate de positiva importancia» y Carlos de la Púa sentenció: «Cuando en la barriada porteña la lealtad se pague con nobleza y la traición, con sangre, cuando cada personaje y cada cosa recobren su verdadero valor, su auténtica personalidad, entonces vos, hermano, pasarás al frente con tus poemas inmortales, con cualquiera de los cuales ganaste la estatua».
Todo comenzó al finalizar la segunda. Cele, que era un chiquilín dado al boxeo, concurría a los bailes de Villa Crespo y había reunido sus poemas de autodidacto en un cuaderno escolar con el título Flores y yuyos. Ganó un concurso poético abierto por el diario Última Hora, al que había presentado unos socarrones alejandrinos declamables titulados Por la pinta.
Gardel, que ya andaba al acecho de repertorio tanguero, echó el ojo a esos versos, hizo llamar al autor, le pidió permiso para cantarlos y ordenó al Negro Ricardo que les pusiera música. Así nació el tango Margot, que opone al tono sentimental y quejoso de Contursi un aire desfachatado y sobrador. (Gardel-Razzano firmaron aquella música, y los herederos de Ricardo debieron litigar para recuperar la paternidad birlada).
Llegaron después Mano a mano, que esta vez Flores llevó a Gardel sin que lo llamara; su introducción en el ambiente radiofónico, su amistad con Charlo y Rosita Quiroga, el contrato de exclusividad que firmó con esta fabulosa cancionista (por entonces, con vara alta en la Víctor) y luego sus tangos, compuestos en los versos alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina, en la voz de Carlos Gardel, hecha corno a la medida de esa poética canchereada: Canchero, Gorriones, Lloró corno una mujer, Mala entraña, Tengo miedo, Viejo Smoking. Para ese tiempo, Rosita Quiroga había difundido ya Muchacho, La musa mistonga, Sentencia, Viejo coche y Audacia. Y todavía Gardel agregó creaciones inolvidables: La mariposa, Pan, Te odio, Sí se salva el pibe, Por seguidora y por fiel
Hombre querendón, de una sola esposa, y ella legítima, María Luisa Vinci, muy de los suyos, aunque alguna vez las luces del centro la alejaran fugazmente por malos pasos, no comenzó a escribir con la mira puesta en el tango. Para éste lo ganó la intuición infalible de Gardel. Flores era un vate arrabalero que pudo recopilar sus versos, tangueables o no, en dos libros preciosos: Chapaleando barro (1929) y Cuando pasa el organito (1935), A este último corresponde Corrientes y Esmeralda, que ya andaba en 1934 convertido en tango en la orquesta de Francisco Lomuto con Fernando Díaz al canto.
Flores murió en la mejor de su vida, cuando tallaba la generación del Cuarenta. Lástima que se haya ido sin escuchar las vigorosas versiones de Canchero, Cuando me entres a fallar, Audacia, Biaba y otras virilidades que recreó Edmundo Rivero.

Cuando comenzó a escribir tangos, Flores era un chiquilín inexperto como Contursi, aunque sus lecturas fueran más abundantes que las del autor de Ivette. El negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en el cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa. Pero no devolvió al tango las insolencias de Villoldo o del viejo Gobbi, sino el aplomo -la capacidá- del hombre corrido que puede mirar la vida como lo que es, agua que corre.