Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi

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Tango, Radio y más Historias, blog distinguido por su aporte a la difusión del Tango, sus autores e intérpretes.

sábado, 20 de julio de 2013

Biografías Pascual Contursi - 20 de julio de 2013


Pascual    Contursi    nació    en Chivilcoy        (provincia        de Buenos     Aires)     el     
18     de noviembre de 1888 y falleció en el Hospicio    de    las    Mercedes    de Buenos Aires  el   19  de  mayo  de 1932. Fue quien demostró que el tango  podía ser cantado;  Gardel creó la manera de cantarlo.
Guitarrero y cantor de boliche, Contursi se instaló en Montevideo al promediar la segunda década del siglo y se ganó allí honestamente la vida escribiendo letras para tangos que carecían de ellas, cantándolas en los cabarets Royal Pigalle y Moulin Rouge, a veces acompañado con su guitarra y otras por lo que a mano viniera, y haciendo luego la que (pasando el platito, como quien dice). Logró allí cierto renombre y músicos de aceptado prestigio no desdeñaban acompañarlo. Así, el pianista Carlos Warren -figura notable del tango oriental- dijo que lo había acompañado en su piano cuando estrenó los versos compuestos para el tango Lita, de Samuel Castriota, titulado luego Mi noche triste, y lanzado a la fama por Carlos Gardel y Manolita Poli.
Gardel lo escuchó en la interpretación de esa quejumbre y resolvió que él también podía gemirla, pero no en un cabaret, sino en un teatro (Gardel no era cantor de palquitos, sino de escenario). Así lo hizo, venciendo la resistencia de su socio artístico y manager José Razzano y las reticencias de Castriota. Lo llevó luego al disco fonográfico, Poli lo cantó -por sugerencia de Gardel- en el sainete Los dientes del perro, y hete allí a Contursi famoso y adinerado y al tango iniciando con fortuna su avatar canoro.
Ya metido en la farándula porteña, Contursi no tardó en hacerse sainetero -profesión muy rentable en aquellos  años-, en tanto sus letras triunfaban en las gargantas de los actores y de actrices, y del mismo Gardel, que era el único cantor de tangos disponible, y, además, en cierne. Muchas páginas encantadoras de rústica belleza, de candorosa ternura, llevaron entonces decididamente el tango de los pies a los labios: Flor de fango, Ivette, Pobre paica (El motivo), De vuelta al bulín, Te doy lo que tengo, Qué calamidad, Pobre corazón mío, Ventanita de arrabal, Qué lindo es estar metido, Bandoneón arrabalero complicaron al tango con la pena de amor (que no conocía), con la nostalgia (que desdeñaba), con la misericordia (que no entraba en sus cálculos), y consumaron en sus entrañas todavía púberes una formidable revolución ética y estética.
Leopoldo Lugones rindió homenaje a Contursi nombrándolo en uno de sus romances, y él, en tanto, siguió viviendo en clave de arrabalero, con su lengue al cuello, aunque no anudado, sino suelto y asomando entre tímido y provocador debajo del saco. Con la plata de la taquilla se hizo un par de viajes a París y del segundo regresó con la sífilis -el sida de su tiempo, que había llevado en primera clase- convertida en demencia. Gardel le tendió su mano amiga, mientras la nieve caía mansamente sobre su ventana que daba al bulevar y Pascualito se paseaba en palm-beach por la plaza de la Concorde.

Llegó encerrado en un camarote y fue directo al loquero. Ninguno de sus amigos lo olvidó porque en su vida sólo había suscitado cariño. El estudioso chivilcoyano Gaspar Astarita le ha dedicado una monografía muy valiosa. Cuando hace unos años dije, en una mesa redonda, que Contursi era un hito clavado en las altas cumbres del tango para deslindar dos épocas y que existía claramente un tango contursiano y un tango postcontursiano, el poeta Osvaldo Rossler acotó: Yo nunca he oído hablar de eso. Creo que ahora son muchos los que lo han oído.