A principios de 1920 la demanda de trabajo
brindó a los músicos la oportunidad de convertirse en directores de sus propias
orquestas. La mayoría había incursionado hasta ese entonces en conjuntos cuyos directores
ya eran famosos (Canaro, Firpo, Lomuto, Fresedo) y muchos decidieron abrirse
por su cuenta debido a las posibilidades de incluirse dentro del mercado
discográfico con producciones no muy extensas. Estos conjuntos nuevos de los
años veinte tenían una escasa diferencia de estilos entre sí. Aunque correctas
en lo formal las orquestas menores casi siempre carecieron de brillo.
No
es este el caso para dejarlas en el olvido.
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