Distinción del Centro de Cultura Tanguera Alfredo Belussi

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Tango, Radio y más Historias, blog distinguido por su aporte a la difusión del Tango, sus autores e intérpretes.

domingo, 20 de enero de 2013

Biografías Hugo Del Carril - 20-01-2013

                                                      
                                                                


                                                        Hugo Del Carril

Piero Bruno Hugo Fontana (desde 1933 Hugo del Carril), nació en Buenos Aires (barrio de
Flores), el 30 de noviembre de 1912 y murió en la misma ciudad, el 16 de febrero de 1986. El 24 de junio de 1935, al morir Carlos Gardel, ya había cantado mucho, utilizando diversos seudónimos (Pierrot entre ellos), pero sólo tenía grabadas una pocas composiciones como estribillista de la orquesta de Edgardo Donato. Transcurrieron no muchos meses y Manuel Romero convocó su voz y su estampa para el filme Los muchachos de antes no usaban gomina (1937).
Cuando se estrenó Tres argentinos en París, con el título Tres anclados en París (para aplacar a la censura), Hugo lució como actor aplomado junto a monstruos como Florencio Parravicini, Enrique Serrano y Tito Lusiardo. De modo que no quedaron dudas sobre su destino y mucho menos cuando en Madreselva (1938), compartió el cartel con Libertad Lamarque, que comenzaba su gloriosa performance de Superestrella, Novia de América y otras responsabilidades afines.
Hugo del Carril, quizá fuera todavía por entonces, un galán cantor, como Alberto Vila. Pronto fue un actor que además cantaba. Nunca abandonó el canto, pero su actividad fue primordialmente cinematográfica. El cine difundió su fama por el continente y así llegó a México, cantó en el consagratorio El Patio y filmó antes de que lo hiciera allí, en 1946, Libertad Lamarque. Era realmente lo que el título de uno de sus filmes declaraba: El astro del tango (1940). Él lo sabía, actuaba en consecuencia, mas nunca perdió la modestia. Sebastián Piana solía recordar la humildad con que Hugo trepó la alta escalera de su casa para que le pasara Papá Baltasar. Era, como Gardel, un astro sin pretensiones de divo y además un hombre cabal, de firmes ideas políticas. En 1949 grabó la marcha Los muchachos peronistas. Luego, perseguido por Raúl Alejandro Apold, el todopoderoso Subsecretario de Informaciones, que archivó aquella grabación y la reemplazó por otra encomendada a Héctor Mauré, se radicó un par de años en España y no cedió un adarme de sus convicciones. A la caída de Perón permaneció algunas semanas detenido en la Penitenciaría Nacional. Allí estaban también Luis César Amadori, Atilio Mentasti y, entre algunos centenares de detenidos y procesados por causas políticas, quien esto escribe. Mientras Amadori cultivaba la hurañía y el mal carácter, a Hugo se lo veía jovial, como si estuviera en un picnic.
No sin dificultades económicas pudo continuar más tarde su carrera de cantor, de actor y de director cinematográfico. Ya había hecho Las aguas bajan turbias (1952) y La quintrala (1955). Luego agregó a su filmografia títulos memorables como Culpable (1960), La sentencia (1963) y una interpretación antológica en La mala vida (1973), de Hugo Fregonese. Perdió dinero en un emprendimiento empresario, formó una hermosa familia, fue buen marido y buen padre y, aunque nunca pudo rehacer su economía, devastada por el cine, (en 1973 fue necesario otorgarle una pensión graciable), el peronismo, retornado al poder, lo colmó de los homenajes que el resentimiento y la discriminación le habían negado. No faltó luego la torpeza que desplazara sus grabaciones de las consolas radiofónicas, (siempre ha habido prohibiciones y listas negras en la Argentina), pero nadie logró desplazarlo del corazón de los fangueros, que admiraban su canto, tierno y viril, pícaro y dramático, como el de Gardel, y la apostura del muchacho bien plantado, descubierto por el ojo avizor de Manuel Romero. Tampoco pudo nadie despojarlo del respeto de los no fangueros. Sólo los mediocres de siempre, los que ignoran que a los hombres no debe juzgárselos por las causas que defienden, sino por la sinceridad y el valor con que lo hacen, sólo ellos lo consideraban con un dejo de suficiencia. Los mediocres gustan medirse con los grandes y es entonces cuando más se advierte su pequeñez.

FUENTE: Mujeres y Hombres que Hicieron al Tango de José Gobello